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Cap. 2: El tiempo robado

Y a ti, ¿te falta tiempo o energía?

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Una periodista se clavó un cristal en el pie. No fue a que se lo miraran hasta dos semanas después. Tenía criaturas que atender, obligaciones que no podían esperar, cosas urgentes que no eran ella. Irene Sánchez Vítores, investigadora especializada en género y participación política, cuenta esta historia no como anécdota sino como dato. “No es una cuestión de tiempo”, dice. “Es una cuestión de energía.”

Esa distinción es el corazón de este bloque. Los datos sobre la doble jornada son contundentes: las mujeres dedican casi el doble de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados. Pero las horas no lo explican todo. Lo que Sánchez Vítores encontró en su investigación sobre género e interés político es algo más sutil y más devastador: que incluso cuando las mujeres tienen tiempo físicamente disponible, a menudo no tienen la energía cognitiva para usarlo.

La socióloga estadounidense Allison Daminger llamó a esto carga mental: el trabajo de planificación invisible que precede a la ejecución de las tareas domésticas. No es fregar los platos: es saber que hay que fregarlos, calcular cuándo, recordar que el detergente se está acabando. Todo ese trabajo previo ocupa el cerebro. Y lo que ocupa el cerebro no puede ocuparlo otra cosa al mismo tiempo.

Lo que Sánchez Vítores confirma es que esa brecha cognitiva se extiende más allá de la política. El deseo, como el interés político, como el consumo de noticias, es una actividad de ocio que se posterga en favor de lo urgente. Y lo urgente, siempre, son los otros.

 

Irene Martínez Domínguez, filósofa y militante, lo confirma desde los espacios que se piensan a sí mismos como emancipados: “El mandato de género sigue y ni siquiera cambia de disfraz excesivamente.” El trabajo emocional, el sostenimiento afectivo del grupo, sigue recayendo sobre las mujeres. La maternidad añade otra capa que ningún límite individual puede resolver.

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Amaia Pérez Orozco tiene una figura para nombrar al sujeto que el mercado presupone, el trabajador champiñón, ese que brota plenamente disponible todos los días, sin necesidades de cuidado propias ni responsabilidades ajenas. Ese trabajador puede existir porque hay alguien que lo sostiene. Siempre. Y ese alguien, histórica y estadísticamente, es una mujer.

Loreto de la Carrera, psicóloga que lleva más de veinticinco años coordinando programas de salud y género en Fuenlabrada, ve la consecuencia directa: mujeres que llegan a los talleres con ansiedad, dolor crónico, agotamiento sin nombre, y que cuando entienden la dimensión estructural de lo que les ocurre, algo cambia. Una de ellas lo dijo con precisión involuntaria: “Yo pensé que íbamos a hablar de sexo y hablamos de nuestras vidas… pues claro, es que tiene que ver.”

La vida y el cuerpo tienen que ver. El tiempo y el deseo tienen que ver. No es un problema privado que se resuelva con más comunicación en la pareja o una aplicación de mindfulness. Se resuelve redistribuyendo el trabajo que agota la energía que también era para el deseo.

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Cap. 1

Una historia que no empieza contigo

El trabajo de sostener la vida de los demás no es un rasgo femenino. Es una construcción histórica. Y lleva siglos recayendo sobre los mismos cuerpos.

Cap. 3

Ser para otros

Te han enseñado a cuidar. Pero lo más eficaz del sistema es que también te han enseñado a querer hacerlo.

Cap. 4

El cuerpo y el placer 

Solo el 18% de las mujeres llega al orgasmo mediante penetración. El resto no es biología. Es política.

Cap. 5

Pertenecer

El horizonte no es un mundo sin cuidado. Es uno donde cuidar no te define por haber nacido mujer.

©Copyright 2026 Pertenecer (me). Logotipo creado por Natalia Esther Cogollo Sagastume.

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